Durante mucho tiempo, la sexualidad fue explicada en términos de deseo, rendimiento o función. Poco se habló del miedo y menos aún, de la vergüenza.
En el acompañamiento terapéutico con mujeres, aparece una y otra vez una polaridad que incomoda, desconcierta y suele ser mal interpretada. Por un lado, la aversión sexual (el rechazo, el cierre, el asco, la anestesia); por el otro, la compulsión sexual (el desborde, la urgencia, la repetición, la dificultad para detenerse).
A simple vista parecen opuestas, pero en profundidad, son dos expresiones de una misma herida.
El trauma no se aloja en la memoria narrativa; se inscribe en el cuerpo.
Como Bessel van der Kolk nombra con claridad: el cuerpo lleva la cuenta.
Cuando una experiencia desborda la capacidad de defensa —especialmente si ocurre en contextos de intimidad, vínculo o dependencia— el organismo reorganiza sus respuestas para garantizar la supervivencia. En muchas historias de transgresión sexual, emocional o energética, el cuerpo aprende una de dos lecciones: que el contacto no es seguro, o que solo a través del cuerpo puede obtener algo de regulación, alivio o validación.
Así, la sexualidad deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un territorio de defensa.
La aversión sexual no es ausencia de deseo, es presencia de memoria. Es la memoria corporal de invasión, de cruce de límites, de no haber podido elegir. Es la memoria de un sistema nervioso que aprendió que sentir podía ser peligroso.
Desde la teoría polivagal, Stephen Porges nos recuerda que el placer solo es posible cuando el sistema nervioso percibe seguridad. Sin ella, el cuerpo activa respuestas de protección (huida, lucha o congelamiento). En muchas mujeres, estas respuestas se expresan como:
Desconexión corporal.
Dificultad para excitarse.
Rechazo al contacto.
Asco o tensión frente a lo sexual.
No se trata de un problema sexual. Se trata de un cuerpo intentando no volver a ser herido. Como describe Judith Herman al abordar el trauma complejo, cuando el daño ocurre allí donde debía haber cuidado, el cuerpo aprende a cerrar la puerta. Ese cierre no es patológico, es un acto de autoprotección.
En el otro extremo aparece la compulsión sexual. Aquí el cuerpo no se retrae: se expone, se adelanta, se ofrece. Pero este movimiento tampoco nace del deseo libre.
Gabor Maté lo explica con precisión: “La compulsión no busca placer, busca alivio. Busca silenciar algo que duele, llenar un vacío, regular una activación constante”.
La hipersexualidad o la repetición de encuentros sin conexión suelen ser intentos desesperados del sistema nervioso por sentir algo cuando hay vacío, calmar la ansiedad, recuperar el control o confirmar la propia existencia. No es exceso de deseo; es hambre de regulación y contacto seguro.
Aversión y compulsión no son errores opuestos, son estrategias distintas frente a un mismo dolor. Peter Levine describe cómo, cuando una respuesta defensiva queda incompleta, el cuerpo buscará expresarla una y otra vez. Algunas personas se congelan, otras se activan sin descanso.
Ambas permanecen atrapadas en la lógica de la supervivencia. Desde esta mirada, no existe una polaridad “más sana” que la otra; ambas hablan de un sistema que aún no ha encontrado seguridad suficiente para relajarse en la experiencia.
Detrás de ambas polaridades suele habitar la vergüenza. Vergüenza de haber sentido, de no haber sentido, del cuerpo, del deseo o del rechazo. Pete Walker, experto en trauma del desarrollo, nombra la vergüenza crónica como uno de los núcleos más profundos del trauma complejo.
Es una vergüenza que no siempre tiene palabras, pero sí sensaciones: encogimiento, culpa y autoataque. Muchas mujeres no están desconectadas de su sexualidad; están desconectadas de la posibilidad de sentirse seguras siendo ellas mismas.
Este punto es esencial y necesita ser dicho sin ambigüedades: La sexualidad no causó el daño.
El daño ocurrió porque alguien —o una cultura entera— utilizó la sexualidad para transgredir límites emocionales, corporales y energéticos. Confundir esto perpetúa la herida; diferenciarlo abre un camino de reparación. La sanación no consiste en “volver al sexo”, ni en forzar el deseo o corregir la conducta. Consiste en salir de la prisión de la supervivencia.
El trabajo profundo con sexualidad y trauma no comienza en el erotismo. Comienza en la seguridad. En aprender a:
Escuchar al cuerpo.
Respetar el NO.
Restaurar límites.
Regular el sistema nervioso.
Nombrar la vergüenza sin juicio.
A veces, el primer acto sexual sano es poder cerrar la puerta sin culpa. Otras veces, es poder abrirla sin perderse. Cuando el cuerpo deja de defenderse, el placer deja de ser una amenaza. Y la sexualidad, poco a poco, puede volver a ser lo que siempre fue: un lenguaje de presencia, no de supervivencia.
Heidi Vivas @Alkimiademujer